LA ENVIDIA DEL CAMIONERO

Ramon González Reverter

Cuando la secretaria de nuestra empresa de transporte con sede en Lérida nos comunicó la ruta del próximo viaje, Alejandro y yo no pudimos evitar un mohín de sorpresa, porque era extraño que después de doce años trabajando juntos al volante de un camión, nunca habíamos tenido oportunidad de ir hasta Vinarós, el primer pueblo de Castellón, más allá de los límites provinciales de Tarragona. ¡Qué le vamos a hacer, tal es nuestra faena! Echamos una ojeada al mapa del despacho para asegurarnos de la mejor ruta. Aunque se trataba de un destino no demasiado lejano, se debía circular por carreteras estrechas y llenas de curvas, por eso era necesario salir de madrugada para hacer camino.
Así pues al rayar el alba poníamos en marcha el enorme Pegaso de cinco ejes cargado con planchas de madera para una fábrica de muebles. Enfilamos la comarcal 230, que comunica la capital del Segrià con las poblaciones de Albatàrrec, Sudanell, Sarroca, Llardecans y Maials. Aldeas antiguas, con fachadas de piedra y campanarios elevados que destacan hieráticos en el horizonte. Iban transcurriendo los kilómetros y procurábamos conducir con precaución a una velocidad moderada porque la calzada era sinuosa y no se prestaba a la aventura de correr en exceso. Estábamos a principios de octubre y el otoño ya había hecho acto de presencia. El cielo se teñía de nubarrones que amenazaban lluvia. Los árboles se iban despojando de hojas que se arremolinaban en el suelo formando una gruesa alfombra. Justo a mitad del camino, en Móra d'Ebre nos paramos a desayunar. Luego emprendimos la marcha hacia Tortosa, pero esta vez con Alejandro al volante. El Pegaso dejó atrás la comarca de la Ribera y se adentró en la del Baix Ebre, pasando junto a pueblos pequeños, de calles oscuras y viviendas desgastadas por el implacable paso de los años. Pueblos de campesinos que habían envejecido al mismo tiempo que el río Ebro, ya que cuando el ímpetu de su corriente no se hallaba detenido por los embalses, que hoy en día retienen una parte importante de su caudal, el agua fluía libremente erosionando montañas y formando meandros. Tal vez entonces aquellos pueblos debían poseer vitalidad propia, con la energía de cada generación de jóvenes que se apresuraba a sustituir a la de sus cansados progenitores. En cambio ahora dicho río parece muerto tanto por la cantidad de porquerías que se vierten como por los residuos industriales y la contaminación. Ni siquiera los peces se atreven a vivir en su putrefacto lecho. Lo mismo suele pasar en la mayoría de pueblos agrícolas o ganaderos que antaño florecieron junto a sus orillas. La juventud huye del campo hacia la ciudad en busca de mejores condiciones de vida. Sólo algunos ancianos y diversas familias permanecen en el valle que los vio nacer y no solamente a ellos, sino también a sus padres y a sus abuelos.
Poco antes del mediodía llegamos a nuestro destino. Paramos el Pegaso en el aparcamiento de la fábrica de muebles de los hermanos Serret, cerca de la N-340, donde nos desprendimos del remolque y a continuación nos dirigimos hacia las instalaciones de la cooperativa, donde debíamos recoger una cisterna de aceite. Como aún no estaba preparada nos aconsejaron que fuéramos a comer al restaurante Voramar. Dejamos el camión en la calle Santa Magdalena y dado que era demasiado pronto para almorzar decidimos dar una vuelta por los alrededores. Aprovechamos la ocasión para visitar la ciudad. En la plaza San Agustín vimos un impresionante Rolls-Royce Silver Spur. No es preciso decir que era el coche más fabuloso que habíamos contemplado, con aire acondicionado regulado por microprocesador, cambio de marchas automático, tapicería de cuero, televisión, DVD, mueble-bar con un gran surtido de licores, sus 2.380 kilos de peso, un consumo no declarado y una potencia guardada en secreto porque como reza un lema de la marca: "es más que suficiente".
-Por favor, ¿quién es el propietario de este magnífico vehículo? -preguntó mi compañero, vencido por la curiosidad, al uniformado chófer que limpiaba el polvo.
-Es del señor Ramón Giner -repuso éste con cierto deje de vanidad, como si el automóvil fuera realmente suyo.
-¡Qué rico debe ser ese individuo para permitirse semejante lujo! -exclamó Alejandro sin ocultar la envidia que sentía.
-Pues además del Rolls, posee un Mercedes deportivo y un todoterreno Nissan Patrol.
Más adelante, por la calle mayor paseaba la criatura más hermosa que cualquier hombre pudiera imaginar. Joven, alta, morena, de ojos verdes, ufana y una lozanía sin parangón. En resumen, una muchacha de belleza extraordinaria. Supongo que también mi amigo debió notar el hechizo pues permanecía embelesado contemplando por quien parecía tener más condición de divina que de humana.
-¿Quién es esa chica tan bonita? -inquirió Alejandro a un anciano que disfrutaba del tibio sol otoñal.
-Es Nuria, la hija del señor Giner.
Si una rama permite adivinar el árbol al cual pertenece, también aquella linda muchacha permitía hacerse una idea de la belleza de la madre que la engendró, porque toda flor proviene de una planta que en su momento también fue flor.
-¡Qué feliz debe ser ese hombre con una hija como ésta! -suspiró Alejandro sin poder esconder sus celos.
Al final de la calle San Francisco contemplamos una tupida valla de baladre y una reja metálica que escondían una finca rodeada de altivos sauces, un inmenso jardín de hierba recién cortada y una piscina bordeada de rosales. En medio se alzaba un gran edificio, que a tenor de su fastuosidad más bien semejaba un palacio, al cual se llegaba atravesando bajo un arco de mármol siguiendo un camino pavimentado de macadán. No había duda, aquello debía ser la residencia de un príncipe.
Nuevamente Alejandro se sintió asaltado por la tentación de averiguar quién era su propietario.
-Por favor, ¿podría decirme de quién es esta mansión? -inquirió a un joven que en aquel momento salía por la verja de la entrada principal.
-Claro. Todo esto es del señor Ramón Giner.
-¡Caramba! Sí que es rico ese hombre -repuso mi amigo envidiando la suerte de aquel desconocido.
-La verdad es que tiene razón. El señor Giner, además de una gran fortuna, posee gran parte de su capital invertido en fincas repartidas por diferentes municipios. Es dueño de más de cien hectáreas de olivos, almendros y naranjos que valen muchos millones. Por si fuera poco, tiene granjas de pollos y conejos en Traiguera, e incluso un buen puñado de acciones en diversas fábricas locales.
Entonces volvimos a la cruda realidad. Nosotros éramos simples camioneros y jamás podríamos aspirar a tener lo mismo que aquel hombre tocado por la varita mágica de la fortuna. Aquello eran simplemente sueños y todo el mundo sabe que no sólo de sueños vive el hombre. Por tanto era necesario encontrar pronto el restaurante Voramar si no queríamos quedarnos sin almorzar por entretenernos en ilusiones que no venían a cuento.
Durante la comida no pude evitar que mi mente hiciera comparaciones entre la gente de los pueblos y la que vive en la capital. Había comprobado que los vinarocenses eran agradables y simpáticos, pero había una cualidad que destacaba sobre todas las demás: la amabilidad. Eran personas sin el egoísmo propio de los habitantes de las ciudades, donde la vida se basa en la competencia, puesto que cada trabajo es solicitado por docenas de aspirantes. En los pueblos del interior o de la costa, la vida transcurre en calma y armonía. Todos se conocen y se ayudan llegado el caso, en contraste con el trato tan deshumanizado característico de los bloques de pisos de las grandes urbes, ni tampoco están sometidos a las tensiones cotidianas. En el ambiente rural, la vida fluye sin ruidos, prisas ni nervios. Allí el aire es más fresco y puro. El contacto directo con la naturaleza sensibiliza más a la gente y les inculca una mayor conciencia de los peligros que amenazan su entorno como son la deforestación o la contaminación atmosférica. ¡Pensamientos propios de un ecologista, ahora tan de moda!
Después de comer y mientras caminábamos hacia la almazara de la cooperativa local hallamos un gentío que abarrotaba la plaza del ayuntamiento, frente a la iglesia Arciprestal, y desgraciadamente no era para apreciar la belleza de su estilo. Se trataba de un entierro de un lujo como pocos, con un carruaje de caballos adornados con ramos de flores de todas las variedades y colores. Familiares, amigos y conocidos, todos de riguroso luto, habían acudido para dar su último adiós al que fuera considerado un hijo ilustre de la villa.
-Perdone, ¿quién es el difunto? -preguntó Alejandro a una afligida mujer, que se deshacía entre gemidos y sollozos.
-El señor Ramón Giner. El pobre ha muerto de repente de un ataque al corazón.
Alejandro tuvo un acceso de tos y se ruborizó al percatarse de mi irónica sonrisa comprendiendo al acto la lección de aquel día. No se debe envidiar la suerte de nadie, porque hasta el hombre más rico tiene idéntico final que el más desgraciado. Aunque resultaba algo morbosa, la moraleja de aquel suceso consiguió hacer reflexionar a mi amigo: ningún hombre escapa a su condición de simple mortal y absolutamente todos, tarde o temprano, acabamos del mismo modo, es decir, dentro de un ataúd y devorado por los gusanos.