
Perdida
Carmen Martos Expósito
No recordaba cuándo se fijó en él. Casi siempre iba dormida y hacía el viaje en metro como una sonámbula, ya se lo sabía de memoria. Demasiadas veces, llegar a la oficia era para ella como despertar o revivir un mal sueño que siempre se repite. Daba igual. Todas las mañanas, le seguían esperando su ordenador último modelo, el vomitivo pero necesario café de la máquina y el saludo desganado de Merche, la joven recepcionista recién incorporada, que había conseguido en sólo dos meses formar parte del mobiliario sin desentonar nada. Apenas movía la cabeza en señal de saludo y ella le respondía alzando el brazo desganado y muerto, un brazo molesto y cansado de tanto esfuerzo.
Todos sus acciones y gestos eran automáticos, se dejaba llevar y pasaban las horas, los días y los años sin que nada excepcional cambiara su vida, tan sólo la talla de sus pantalones y el color de tinte de su pelo. Pero un día, lo vio. Alzó la vista y allí estaba él, mirándola con intensidad, sus ojos sonreían como diciéndole: te conozco, sé lo que te pasa y yo te puedo hacer feliz. Se sintió turbada, y notó como la sangre recorría sus venas, sonrió sin saber porqué. Se sintió viva y esa mirada le había hecho feliz pero también desgraciada. La mirada de un extraño, pensó, qué tonta que estoy, pero ¿desde cuándo estaba mirando? parecía que la conocía de toda la vida, como si siempre hubiese estado allí en ese rincón observándola, metiéndose dentro de ella, sintiéndola... Nadie, en su vida, la había mirado así.
Ahí comenzó todo. Al día siguiente, lo buscó por el andén pero no estaba. Se colocó a la altura del primer vagón, en el mismo andén que siempre, que todos los años, que toda la vida que ella recordaba. No estaba. Sintió cómo todos sus músculos se tensaban y como las pequeñas arrugas en la comisura de los labios se abrían como siempre que algo le preocupaba. En la tercera parada, él se subió. Sin mirar a nadie se colocó en el respaldo del asiento justo enfrente de ella. No la miró, no se movió. Ella se sintió defraudada. ¡Por Dios qué idiota soy! Y entonces, él alzó la vista desafiante, serio, con autoridad. La miró más intensamente que la primera vez. Nena, por fin sabes que existo, te voy a rescatar, te lo prometo. No podía dejar de mirar aquellos ojos, la atrapaban, la dominaban. Me estoy volviendo loca, pensó, no puedo dejar de mirarle. Si me deja, me muero.
Nunca hablaban, nunca se acercaban más de lo necesario. Siempre, él apoyado con un pie puesto en el respaldo, enfrente de ella. Sólo se miraban, siempre se miraban. Él parecía contarle su vida y la hacía sentirse una princesa en medio de un enorme estercolero borrándole todos sus miedos y fracasos. Ella lo miraba y le contaba con los suyos como había sido su vida antes de conocerlo a él. Lo infeliz y perdida que estaba. Ahora ya no, todo había cambiado. Soy feliz, le decía con su mirada.
Desde entonces, sólo respiraba durante los veinte minutos que podía mirarlo cada día, cada mañana. Las paradas se sucedían como las notas de una vieja canción. Las puertas se abrían y se cerraban, cada día, en el mismo sitio, testigos silenciosas de su amor. Un día, otro, otro...chas, chas y ahí estaban ellos.... Nunca supo su nombre, nunca escuchó su voz. Y, tal como se subió a su vida, se bajó.
A partir de entonces, cada día de su vida desde
el primer vagón, alzaba la vista esperando que subiera en la tercera
parada. Chas, chas... las puertas se abrían y se cerraban, como siempre
y siempre sin él. Perdida, saludaba todas las mañanas a Merche
alzando el molesto y cansado brazo. La recepcionista, que con los años
se había vuelto más silenciosa y transparente, apenas movía
la cabeza cuando la veía pasar.