
Los petalos
Isabel Cidoncha Sánchez
Ada retira el papel de periódico. Ha secado pacientemente las rosas,
recorriendo con sus dedos el borde de los pétalos, ahora cubiertos de un rojo
apagado. Observa las arrugas aparecidas en su superficie, la fragilidad que
envuelve a las flores marchitas. Pero a pesar de todo, el tacto sigue siendo
suave. A continuación los envuelve cuidadosamente en un pañuelo blanco, lo
anuda y lo deposita encima de la mesa. Cuando llegue Jan, sentirá curiosidad:
"¿Qué es esto?" Y ella responderá: "Son pétalos secos, del ramo de que me
enviaste el domingo". "¿Por qué lo has hecho?" preguntara él, "Bueno, estaban
marchitándose" dirá Ada. "¿Y qué utilidad piensas darles?", "Las colocaré en
nuestro álbum, así las fotografías adquieren otro sentido". "Me parece una
tontería", concluirá jan.
Pero no lo es, piensa Ada, que imagina la conversación con tristeza. A menudo
las cosas que despiertan emoción en ella no estremecen a Jan. A veces sí hay
coincidencias, pero pocas. Razón y sentimiento no armonizan. Razón,
corazón. Jan es razón buena parte del día. Por la noche, en cambio, Jan la
envuelve, es ágil, se comunica con gestos dulcísimos, la mima, la retiene. Ese
antagonismo de jan sigue gustándole a Ada, hace que él permanezca en ella,
en su alma, que le siga queriendo, aunque los pétalos secos le puedan parecer
una tontería. Jan es un ser amable, su naturaleza dual no importa, se le puede
amar por casi todo, eso opina Ada.
Hace ya un tiempo, Jan la abordó a la salida de un café. La había seguido todo
el día. Se sentía fascinado, incluso abrumado. Quería conocerla, interiorizarla,
vivir con ella el resto de su vida. Desde ese día caminan juntos.
Ada observa el pañuelo. Ahora piensa que Jan quizás no reparará en él, si
viene cansado querrá irse a dormir.
Son las dos y media. Jan llega a las tres, abre el pañuelo y sonríe. "Qué buena
idea" dice, "son las rosas que te regalé. Realmente estaban empezando a
marchitarse. Las flores de invernadero no duran nada, enseguida mueren. Eres
muy especial, Ada"
Pero no, no sucederá así. Jan es serio de día. Jan y su razón cuidadosa.
Comerá y se irá a trabajar de nuevo, ajeno a todo.
Ada recuerda la primera noche que pasaron juntos. La habitación consumía
oxigeno. No, eran ellos que aspiraban todo el aire en aquel espacio reducido.
Ella recuerda sobre todo las cortinas blancas, el olor de la pintura en la pared,
la mirada verde de Jan, la piel. Recuerda. Había un hilo colgado del cielo, Ada
lo apretó con fuerza y se elevó con él, hasta desmayarse de emoción.
Faltan cinco minutos para las tres. Ella continua inmóvil frente a la mesa. De
pronto se levanta, coge el pañuelo, se acerca a la ventana y desata el nudo:
una lluvia de pétalos cae desde el tercer piso a la calle.
¿Realmente tendrían sentido esos pétalos en un álbum de fotografías? Ada ha
preferido la cotidianeidad con Jan, la ausencia de novedad, de detalles. Pero le
sigue amando. Quizás otro día tendrá una idea que sí llevará a cabo. Tiene
mucho tiempo para pensar. Al levantar la vista se da cuenta. Ya son las tres.