EL SUEÑO OPACO

Se incorporó excitado por la luz del día filtrándose a través de sus párpados inflamados. Había dormido largamente, había sentido la presión de sus sueños de angustia. Sueños rotos por los latidos de su corazón acelerado. En ellos se sentía morir, tendido en una playa, con la arena cubriendo todo su cuerpo, la luz del atardecer se filtraba de forma tan tenue que la oscuridad lo envolvía y lo arrullaba.

Soñó sentirse solo, muy solo, se sentía abandonado. Soñó querer tender los brazos a alguien y no podía, aprisionado por el peso de la arena. A sus oídos llegaba susurrante el rumor de las olas chocando contra la playa. Él, inmóvil, esperaba ansioso que subiera la marea, que cubriera su cuerpo el agua y al retirarse otra vez hacia el mar arrastrase la arena y así liberarse. La noche se extendía sobre la playa, la oscuridad lo envolvía todo pero la marea no llegaba. Se sentía hundido, agotado, extenuado por la ansiedad y el miedo, impotente ante los acontecimientos, estaba perdiendo toda esperanza, intentaba llorar y no podía, intentaba gritar y no conseguía ni tan siquiera gemir. Solo angustia.
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Almudena llegó a la playa al amanecer. La noche anterior se celebró el solsticio de verano. En la plaza mayor, en una gran fogata ardieron muebles viejos y otros enseres que en su día lucieron bien cuidados por sus propietarios, pero que ahora, tal vez por ausencia de éstos, perdieron su encanto y se utilizaban para iluminar la noche. Los niños y los más jóvenes bailaban alrededor del fuego.

Los amaneceres después de noches de fiesta suelen ser quietos y apacibles. El mar, en sintonía, acariciando suavemente la arena producía un rumor que era un placer para cualquier mente necesitada de paz.
Almudena desató las cintas de sus alpargatas, y acogiéndolas en una mano y con la otra sosteniendo el capazo de paja trenzada caminó en dirección al mar. Andaba lentamente contemplando el sol naciente en el horizonte cuyo reflejo daba al agua el color de la plata, deleitándose con el contacto suave de la arena húmeda bajo los pies.
Dejó el capazo en el suelo y se sentó junto al mismo. La playa estaba desierta, solo distinguió un bulto junto a una barca.
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De pronto algo había cambiado para el dormido, sintió un escalofrío, la tenue luz se aclaró, parecía sentirse más relajado, el ruido de las olas era ahora como una dulcísima nana, sus sueños de soledad habían cesado, la paz iba invadiéndole como un bálsamo reparador que cierra las heridas de los hombres y abre una puerta a su reconciliación con la vida.
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El sol ya era una gran esfera roja que se alzaba potente en el horizonte. Almudena se desabrochó el vestido y lo plegó cuidadosamente dentro del capazo, del que había sacado ya su toalla, que dejó extendida en la arena. Luego recogió su largo cabello castaño y se zambulló en el agua. Al principio la noto fría, pero al momento ya estaba disfrutando del baño.
Al salir tenía la intención de ir a por su toalla, pero desvió su atención la persona dormida junto a la barca. No se había movido, seguía en la misma posición. Su corazón se aceleró al pensar que podía estar muerta. Se acercó, era un hombre, vestido con pantalón largo y camisa blanca, sobre su brazo derecho extendido descansaba su chaqueta. Los zapatos abandonados en la arena. Era joven, y sobre su cara de piel blanca asomaba una incipiente barba muy negra. Su pelo era también corto y oscuro. A pesar de su aspecto tenía la belleza de un niño reflejada en la ternura de sus facciones.
No parecía respirar, Almudena se arrodilló junto a él para poner la mano en su cuello y notar si le latía el pulso.
En aquel momento el sol que iba iluminando el rostro del desconocido se posó sobre sus ojos cerrados.
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Un calor intenso le sofocaba, los ojos le quemaban, sintió una fuerte excitación y despertó. Una noche corta, un verano intenso, y un amanecer repleto de esperanza para el cuerpo dormido en la playa.