ENTRE SUEÑOS
de
Miquel Oliver
© 02-2004-317
Con el tiquitac del tren le voy dando distancias a lo tuyo y a lo mío. Lo
tuyo, son tus casitas de muñecas; lo mío, son las muñecas de tus casitas,
especialmente Lupita. Esa diferencia nos ha jodido a los dos, y eso que nos
conocimos en una de tus casas de citas, entre suspiros y sábanas, y a cinco mil
cada vez que me decías que me querías.
Llevamos tres horas de
viaje, de tiquitac y de cervezas.
Desde que salimos de Barcelona, serían las cinco de la tarde, que Penélope se
nos aparece por los cristales de la ventana como si fuera un reflejo de nuestra
mala conciencia. No me despego de ella, y ella no se despega del cristal ¾quizá la
conciencia tendría que resbalarme un poco más¾. Lupita no dice nada: se entretiene mirando los
naranjos de Valencia que pasan fugaces como un rayo por delante de la ventana.
En el centro del cristal hay una pegatina que reza lo siguiente: "salida de emergencia" ¾mala
propaganda para alguien desesperado que anda de viaje con billete a ninguna
parte¾.
Es de noche, y la noche nos cuelga en la
luna de Valencia que nos sale por la ventana. Mis pensamientos se desvanecen en
el hombro de Lupita y mi cuerpo se agita entre sus caricias cuando los sueños
llaman a mi puerta. Una, dos, tres, cien y doscientas ovejitas me comen el
cerebro entre ceja y ceja, atiborrándose en los pastos de mi memoria... Mis
párpados se van cerrando, pegando sacudidas en el aire como si fueran abanicos.
Poco a poco, por ese campo de borregos, también se me hace de noche y, por las
praderas de verdes pastos, me danzan arlequines rosados... Es la memez de los
sueños, los delirios de la otra conciencia que hace equilibrios inútiles con mi
inconsciencia... Uno ya no sabe si es consciente cuando duerme o cuando está
despierto,... o si es la inconsciencia la que fluye en los sueños para luego
desvanecerse en los desvelos.
Mis abanicos ya no parpadean y me invade
una luz negra. Alguien, quizá en mis sueños, descorchó unas botellas de vino y
puso los corchos en los cuencos de mis ojos. El aroma de un buen rioja me
embriaga y me sacude el estómago, que anda un poco seco y agriado de agua:
parece un estanque de renacuajos que me cantan una triste balada. Los dioses me
son inciertos: me llenan el cuerpo de ranas y la cabeza de borregos... Con
tanto bicho por el cuerpo, y con los corchos pegados a la cara, apenas alcanzo
a ver a Penélope entre las sombras que se pasean de negro por delante de mis
ojos. Lentamente, muy lentamente, su silueta se deshace en mi memoria y su
rostro se pierde en un recuerdo huidizo. Se esconde en la noche,... quizá; o en
el manto oscuro de esas horas locas de mis devaneos nocturnos; o tal vez se
esconde en una esquina sin luces mientras me ve partir hacia un mundo absurdo ¾que no deja de ser mi mundo¾, y se siente tan impotente que,
a esa distancia que no alcanza, le pone aire cuando me pierdo en mis desvaríos
de almohada. ¡Dios!,... que locas son mis locuras que, en esas locuras mías ¾que se dicen que son los sueños¾ me da todavía por acariciar su
piel; y su piel, que sabe que la conozco como la mía, se me hace extraña; y me
da por jugar con su pelo,... y su pelo, que también sabe que lo conozco como si
fuera el mío, se me resiste y no corre por mis dedos con la suavidad del
terciopelo,... ni su voz, que casi es como mi voz, me suena quebrada y cálida,
como la canción de un bolero. Se me parte el alma, y también la cara de un
bofetón, cuando pronuncio su nombre en voz alta. Lupita, celosa ella, se pone
de los nervios cada vez que le hablo de Penélope.
Por la ventana me pasa la noche de
Albacete. Son apenas unas luces que tintinean en el horizonte. Vuelvo a
dormirme. De vez en cuando, se me despega un ojo con el tiquitac del tren. Lupita duerme entre mis brazos. Sus sueños se
mezclan con sus ronquidos, y, con el tiquitac
constante del tren, se mecen sus sueños y sus tetas.
Por los ecos de la memoria me retumban
tambores con la pesadez de una resaca aderezada en alcohol barato ¾nunca me he dado a grandes
lujos, aunque sí a grandes resacas¾. Recuerdo la última noche que estuvimos en
Barcelona. Los tambores se me pasean todavía entre trompetas y clarinetes, como
nazarenos salidos de la noche, que se meten por las callejuelas de mis sueños
escondidos entre sutiles telas de terciopelo violeta. A voces de una saeta
desgarrada, y a voces de un borracho que redobla sólo y sin tambores, me sale
un sereno que canturrea las horas, las medias y los cuartos. Alguien ¾salido de no sé dónde¾, me dice que no es un sereno, y
que esos oficios desaparecieron hace ya años. Luego, viendo los faroles rojos
que iluminan las aceras, me doy cuenta que lo confundo con el propagandista que
canturrea los precios y los servicios en la puerta de una casa de citas ¾mi mujer, Penélope, muy decente
ella, regenta media docena de casas en el barrio¾. El hombre de la puerta es don
Jenaro, aunque, con la cara teñida de rojo, se me confundió con un diablo. Lo
conozco bien. Lo llamamos "don" porque es un señor ¾de los de antes¾, aunque venido a menos,... a
mucho menos. Hay que irse a mucho menos para hacer de hombre-anuncio en la puerta de un burdel mediocre. Don Jenaro vive
casi de prestado y con la piel y el alma pegadas en el asfalto. Para unos,
todavía es don Jenaro; para otros ¾los más¾, es alguien anónimo y tan molesto como una meada
de perro. Sus amigos ¾los
de antes¾,
también dejaron la piel y la cara pegadas en el asfalto. Fue en el ochenta y
tantos, cuando hubo un descalabro financiero que provocó el desplome de la
bolsa. Sus amigos de oficina ¾y
algunos más¾,
también se dieron un buen desplome saltando desde la ventana de un ático con
vistas a la Diagonal.
Los tambores redoblan por la avenida de la
catedral y se pierden por las callejuelas del barrio Gótico, entre piedras
meadas y laberintos sin luz. Me siento con don Jenaro en la acera. Somos dos
diablos con billete pagado al infierno ¾ni Dios nos va a quitar ese billete¾. El eco de los tambores hace
tambalear las luces rojas que iluminan la acera cuando los nazarenos doblan la
esquina y aparecen a lo lejos. Mi mujer ¾decente ella¾, apaga los faroles rojos al paso de la comitiva,
aunque no le da tiempo a descolgar el anuncio del balcón. Los nazarenos alegran
los redobles al ver el letrero: dos tetas enormes y un gran trasero, de carton-piedra, se agitan a cada golpe de
tambor.
Lola, Lulú y Lupita salen a la calle,
revueltas de pelo y de ropa. Entre cliente y cliente, les da tiempo de arreglar
sus asuntos con lo divino. Mis ojos ¾algo más revueltos que sus pelos¾, se reparten entre lo divino y
las divinas ¾porque
las chicas están divinas¾.
¡Dios, qué cuerpos!. Eso sí que son tambores: son tambores blancos y blandos,
redondos y hermosos aunque tengan el parche rajado de tanto echarles música.
Son tambores de feria, de plástico barato, sin velos ni terciopelos violetas.
Mis tambores van adornados con transparencias y con flores de colores
estampadas con algo de mal gusto. Con un pié en la puerta y otro en la acera ¾entre un quiero y un no quiero,
y con el corazón partido entre dos mundos¾, mis niñas me bailan siguiendo el ritmo indecente
de un organillo desafinado que sale de la penumbra del local. Los nazarenos
redoblan sus pesares, y las niñas redoblan sus gracias y balancean sus cuerpos
a derecha e izquierda, haciéndome requiebros de samba cuando piropeo sus
andares. Yo, que ando también con un pié en cada esquina del mundo, le rezo
algo al nazareno que lleva una cruz a sus espaldas, aunque sin muchos lujos y
sin pretensiones de adecentarme el alma para ganarme los favores del cielo.
Lupita me hace un guiño y me regala sus
escotes, muy salidos en carnes y hermosuras. Los nazarenos, con sus cruces y
sus tambores a cuestas, se recogen calle arriba hacia la catedral; yo, me
recojo en los brazos de Lupita; y, Penélope, llevada por un ataque de celos,
nos recoge las maletas y nos deja a los dos en la calle. De eso hace ya cuatro
días, y desde entonces no he vuelto a saber de Penélope. Lupita y yo nos fuimos
a una pensión barata del barrio, con lo puesto, dos maletas, y con dos billetes
de tren en el bolsillo que no iban a llevarnos a ninguna parte.
* * *