Los montes que cercaban el lacónico pueblo en el que se escondían del resto de la humanidad los nostálgicos ancianos que lograron resistir, allí atrincherados, a los avances de la tecnología y a la mecanización de los pensamientos que conllevó la edificación de las grandes urbes que vieron la luz más allá de las lomas, se fueron convirtiendo, con el devenir de los años, en un refugio de almas hastiadas de rutina. Aldeanos disfrazados con chalecos, botas y gorras, sosteniendo con fuerza entre sus manos las escopetas que guardaron como recuerdo de que existió un tiempo peor, se evadían de sus hogares acercándose hasta allí, fingiendo ante sus esposas un falso propósito de batir los montes en busca de una presa con la que amenizar la cena de aquellas lejanas noches. Fingían ellas, a su vez, el abatimiento de sus ausencias, mientras aguardaban con ilusión el momento en que lograran reunirse en algún rincón de los montes, resguardadas de los cazadores, para compartir sus angustias y desahogar sus miserias. Ellas, mejor que nadie, sabían que sus compañeros siempre fueron cazadores carentes de vocación y que cenarían lo mismo en todos los anocheceres que habrían de venir, porque los varones con los que compartían sus vidas preferían calmar el apetito con las mismas sopas de pan que acolchaban cada noche las paredes de sus estómagos, a saborear una carne agonizada entre sus manos.

            Fue así como el tiempo de caza fue transformado por muchos en tiempo de tertulias, en el que compartían añejas historias de su alejada juventud, de cuando el mundo no se observaba a través de ninguna caja, si no que se vivía en las propias carnes, tal y como ellos habían decidido seguir viviendo. Apenas importaba que los relatos fueran ciertos o tan sólo quimeras del conocimiento concebidas alguna noche de insomnio, en la barra del bar, con una copa en la mano y unas cuantas más en el estómago, porque el anhelo por no perder su identidad era mucho más poderoso que cualquier verdad.

            Pero el tiempo de caza no fue olvidado por todos los varones de este pueblo de alma vetusta, porque algunos de ellos mantenían la lejana tradición de acudir al monte para cazar, preparados con sus equipos y acompañados por sus fieles perros, siempre dispuestos a recoger una desdichada presa o a rastrear un huidizo animal. Fueron canes valientes o cobardes, inteligentes o bobos, viejos o jóvenes, porque nunca importó edad o raza, porque todos sirvieron con dedicación a sus amos, como el admirador que está a los pies de su ídolo, como el desamparado que adora al héroe que le salvó. Y nunca a nadie se le había ocurrido preguntarse por el linaje de cada uno de aquellos podencos cuando Zacarías, el alcalde del pueblo, regresó de un extraño viaje cargando un cachorro entre su equipaje. No vaticinaban los aldeanos las consecuencias que traería la llegada de aquel animal cuando resonaron sus carcajadas al oír decir a Zacarías que por las venas de aquel animal corría sangre azul.

            Sir William fue el aristocrático nombre con el que Zacarías decidió bautizar a su soberana mascota, aunque, realmente, siempre fue conocido por todos como Willy, por mucho que irritase al alcalde el uso de la palabra confianza dirigido hacia su can.

Pronto Willy fue conocido en todas las casas, principalmente porque Zacarías dedicó más tiempo a presumir de él que a asestar la escopeta y, sin importarle ser objeto de burlas, explicó a todos que Willy pertenecía a una dilatada dinastía de perros criados exclusivamente para acompañar durante sus batidas a nobles ingleses de alto abolengo, a pesar que tan hidalgos antecedentes no parecieran encajar con la imagen del escuálido animal de largo hocico, grandes orejas y rabo enroscado como la cola de un cerdo que tan sólo sabía girar sobre sí mismo intentando morder su parte trasera.

            Sin importarle que sus paisanos hubieran dejado de creerle, Zacarías comenzó a explicar ficticias historias sobre Willy, hazañas inverosímiles a las que todos asentían más por lástima que por puro convencimiento, como en aquella ocasión en que juró haberle visto apresar quince liebres en tan sólo un día, cuando todos sabían perfectamente que lo único que cazaba aquel famélico animal eran los guisos de doña Gertrudis, la esposa del iluso alcalde.  Real era también que no se le brindaba oportunidad alguna de demostrar sus dotes para la montería, pues el falso aristócrata permanecía los días encerrado entre los muros que rodeaban el jardín de casa del alcalde como si de una prisión se tratase. De esta forma, absorto ante las rejas imaginarias que le aprisionaban, aguardó el devenir de los años y en el pueblo se creyó que debía haber dejado olvidada la cordura en algún hoyo de los que escarbó en la tierra para enterrar su soledad, dejándose así vencer por el delirio.

            Fue un día de primavera que aquellos barrotes ficticios se esfumaron al quedar entreabierta la portezuela que separaba el jardín del auténtico mundo, por descuido de las insolencias de Zacarías. Willy asomó el hocico cuidadosamente, como el cachorro que explora con inquietud por primera vez todo cuanto le envuelve y decidió atreverse a descubrir lo que se le negó conocer. Atisbó la realidad embriagado de tanta novedad que no supo advertir que la libertad también viene acompañada de peligros, y en este caso, fue en forma de una inofensiva mariposa, porque cuando comenzó a correr tras ella por los senderos de la independencia no se percató que aquel colorido insecto le guiaba hasta el abismo donde Willy encontraría su final.

            Tras su muerte el pueblo no volvió a ser el mismo y se dejó vencer, porque el alcalde, sumido en una profunda depresión, vetó todo cuanto le recordase a su querido rey y la caza fue lo primero que prohibió.  Sin la caza, el pueblo perdió su identidad y se rindió al mundo exterior al que durante tantos años le plantó cara, porque la caza había sido la forma de resistir de todos, hombres y mujeres, porque los montes siempre habían estado allí para protegerles de las nuevas ideas invasoras. Pronto, la imagen de los montes cambió, porque Zacarías permitió que allí se instalaran antenas y abrió las murallas para dejar paso a vendedores que se prometieron hacer su agosto en aquel ancestral pueblo que había permanecido anclado en otra época. Así llegaron la televisión, el ordenador y el automóvil al mismo pueblo que tantos años luchó contra el cambio y que, finalmente, se dejó vencer por él sin oponer resistencia.

            Pero antes del robo de su espíritu, Zacarías decidió dejar un recuerdo de la época en que los montes no estaban invadidos por carreteras y servían como refugio de almas hastiadas de rutina y ordenó construir un monumento a su más fiel amigo, el mismo que murió a manos de la libertad negada, en la plaza del ayuntamiento. Y a todo aquel extranjero que venía a depositar sus artilugios en el pueblo le explicó que el animal al que estaba dedicado el monumento le había salvado la vida enfrentándose a un gran jabalí. Todos le creyeron, porque con el trasiego de idas y venidas a nadie le importó llegar a conocer a los demás. Así decidió Zacarías que se recordaría a su perro, por ello, a los pies de la estatua que le representaba, una leyenda quedó grabado por siempre: “A Sir William, el Valiente”.