SOPA DE LETRAS

Nunca se atrevió a escribir. Y eso que las palabras daban vueltas en su cabeza a todas horas; su cabeza era de hecho una lavadora de palabras. Ese era el problema: estaban todas desordenadas, frases a medio acabar, palabras sin vocales, letras sueltas que nadaban entre pensamientos profundos y todas las conversaciones del mundo juntas, una encima de la otra- con el lechero, con una amiga, con el último amor, con Severo Ochoa, con la abuela que fuma... las que había tenido y las que hubiera querido tener.
A su alrededor las cosas iban dejando de existir. Mejor dicho: no es que dejaran de estar, sino que iban perdiendo sus propiedades, su esencia. Las flores no olían, el rojo no tenía fuerza; sabía que el fuego quemaba y por eso no se acercaba, pero intuía que no lo notaría aunque pusiera la mano en la llama.
Como era una persona con ganas de vivir, pensó que lo que le pasaba es que estaba perdiendo los sentidos y que tenía que recuperarlos. Visitó al oftalmólogo y su vista estaba bien; visitó al otorrino, que no pudo encontrar la causa de que la música ya no le hiciera llorar; su lengua, su nariz y el resto de terminales nerviosas de todo su cuerpo estaban en perfecto estado.
Le enviaron al psicólogo.
El psicólogo intentó ordenar todo aquel caos de palabras, y él puso voluntad. Pero cada vez que desplazaban una palabra para encajarla en el hueco que tocaba, cientos de palabras se recolocaban en los sitios más insospechados.
Llegó a tener tantas palabras en la cabeza, que no quedaba sitio para recordar qué significaban.

Se rindió. Decidió conformarse con esa vida de palabras. Al fin y al cabo no era tan grave. Valoraban su templanza en el trabajo, sus correctísimos modales ante cualquier situación, su capacidad de descripción de cosas que ni siquiera había visto...
Un día cualquiera compró sopa en el supermercado, sopa de letras.
Conforme la iba comiendo, empezó a recuperar el olfato, el gusto, e incluso notó que la sopa estaba caliente y sonrió por primera vez en meses. Cuando vio que la última letra que quedaba en el plato era la Z, le entró un ataque de risa.

Al día siguiente, en la revisión anual de empresa, explicó que ya había recuperado los sentidos. No le entendieron, evidentemente: para los médicos jamás había tenido disfunción alguna. Todo seguía correcto. De todas maneras, incluyeron un inciso en el informe médico: en una radiografía de la zona estomacal habían encontrado palabras y frases completas con sentido propio, por lo visto formadas por "algo" que parecía letras de pasta para sopa. No creían que revistiera ninguna complicación para el paciente.